"¡Aquí verdaderamente hay un camino extraordinario hacia la felicidad - abierto, simple, directo! Porque es claro que el hombre no puede tener mayor bien que estar completamente libre del dolor y del sufrimiento junto con el regocijo de los más altos placeres corporales y de la mente. Nótese luego cómo la teoría cubre cada posible mejora de la vida, cada ayuda hacia el logro de ese Bien Principal que es nuestro objetivo. Epicuro, el hombre que usted denuncia como voluptuoso, grita en voz alta que nadie puede vivir placenteramente sin vivir sabia, honorable y justamente, y nadie puede hacerlo sabia, honorable y justamente sin vivir placenteramente. Porque así como una ciudad arrendada en facciones no puede prosperar, ni tampoco una casa cuyos amos están en conflicto; mucho menos puede una mente, dividida contra sí misma y plena de desacuerdo interior, saborear una partícula de placer puro y liberal. Pero uno que está perpetuamente controlado por los conflictos y por consejos y deseos incompatibles no puede conocer la paz ni la calma. Si el agrado de la vida se disminuye con las más serias enfermedades del cuerpo, ¡cuánto más tiene éste que disminuirse ante las enfermedades de la mente! Pero los deseos extravagantes e imaginarios en busca de riquezas, fama, poder y también de placeres licenciosos no son otra cosa sino enfermedades de la mente. Y así, también, el pesar, los problemas y el sufrimiento, roen el corazón y lo consumen con la ansiedad, si los hombres no logran darse cuenta que la mente requiere no sentir dolor desvinculado de algún dolor corporal, presente o futuro. Aunque no hay hombre tonto que no se aflija por una de estas enfermedades, sin embargo, no hay hombre tonto que no sea infeliz. Adicionalmente, está la muerte, la piedra de Tántalo siempre colgando sobre las cabezas de los hombres, y la superstición que envenena y destruye toda paz de la mente. Además, ellos no recuerdan sus pasados, ni disfrutan sus bendiciones presentes; ellos exclusivamente miran hacia aquellas del futuro, y como éstas son de necesidad incierta, ellos se consumen con la agonía y el terror, y el clímax de sus tormentos es cuando perciben muy tardíamente que todos sus sueños de riqueza o rango social, poder o fama, han derivado en nada. En razón de que nunca obtienen ninguno de estos placeres, la esperanza en ellos les inspiró a sobrellevar todos sus arduos afanes. Pero miremos a otros hombres, sin importancia y estrechos de mente, o a pesimistas confirmados, o a criaturas amargadas, envidiosas, de mal carácter, insociables, abusivas, brutales; otros incluso esclavos de las locuras del amor, imprudentes o temerarios, caprichosos, obstinados e incluso irresolutos, siempre cambiando de opinión. Tales debilidades hacen que sus vidas sea una sucesión ininterrumpida de miserias. La conclusión es que ningún hombre tonto puede ser feliz, y que ningún hombre sabio puede fallar en alcanzar la felicidad. Esta es una verdad que establecemos mucho más concluyentemente de lo que lo hacen los Estoicos, porque ellos mantienen que nada es bueno salvo ese vago fantasma que denominan Valor Moral, un título más espléndido que substancial; y digamos que la Virtud que yace en este Valor Moral no necesita del placer, pues ella misma es su propia y suficiente felicidad.
martes, 8 de diciembre de 2015
Capítulo XVIII. Una vida de regocijo es, necesariamente, una vida de virtud, y viceversa
"¡Aquí verdaderamente hay un camino extraordinario hacia la felicidad - abierto, simple, directo! Porque es claro que el hombre no puede tener mayor bien que estar completamente libre del dolor y del sufrimiento junto con el regocijo de los más altos placeres corporales y de la mente. Nótese luego cómo la teoría cubre cada posible mejora de la vida, cada ayuda hacia el logro de ese Bien Principal que es nuestro objetivo. Epicuro, el hombre que usted denuncia como voluptuoso, grita en voz alta que nadie puede vivir placenteramente sin vivir sabia, honorable y justamente, y nadie puede hacerlo sabia, honorable y justamente sin vivir placenteramente. Porque así como una ciudad arrendada en facciones no puede prosperar, ni tampoco una casa cuyos amos están en conflicto; mucho menos puede una mente, dividida contra sí misma y plena de desacuerdo interior, saborear una partícula de placer puro y liberal. Pero uno que está perpetuamente controlado por los conflictos y por consejos y deseos incompatibles no puede conocer la paz ni la calma. Si el agrado de la vida se disminuye con las más serias enfermedades del cuerpo, ¡cuánto más tiene éste que disminuirse ante las enfermedades de la mente! Pero los deseos extravagantes e imaginarios en busca de riquezas, fama, poder y también de placeres licenciosos no son otra cosa sino enfermedades de la mente. Y así, también, el pesar, los problemas y el sufrimiento, roen el corazón y lo consumen con la ansiedad, si los hombres no logran darse cuenta que la mente requiere no sentir dolor desvinculado de algún dolor corporal, presente o futuro. Aunque no hay hombre tonto que no se aflija por una de estas enfermedades, sin embargo, no hay hombre tonto que no sea infeliz. Adicionalmente, está la muerte, la piedra de Tántalo siempre colgando sobre las cabezas de los hombres, y la superstición que envenena y destruye toda paz de la mente. Además, ellos no recuerdan sus pasados, ni disfrutan sus bendiciones presentes; ellos exclusivamente miran hacia aquellas del futuro, y como éstas son de necesidad incierta, ellos se consumen con la agonía y el terror, y el clímax de sus tormentos es cuando perciben muy tardíamente que todos sus sueños de riqueza o rango social, poder o fama, han derivado en nada. En razón de que nunca obtienen ninguno de estos placeres, la esperanza en ellos les inspiró a sobrellevar todos sus arduos afanes. Pero miremos a otros hombres, sin importancia y estrechos de mente, o a pesimistas confirmados, o a criaturas amargadas, envidiosas, de mal carácter, insociables, abusivas, brutales; otros incluso esclavos de las locuras del amor, imprudentes o temerarios, caprichosos, obstinados e incluso irresolutos, siempre cambiando de opinión. Tales debilidades hacen que sus vidas sea una sucesión ininterrumpida de miserias. La conclusión es que ningún hombre tonto puede ser feliz, y que ningún hombre sabio puede fallar en alcanzar la felicidad. Esta es una verdad que establecemos mucho más concluyentemente de lo que lo hacen los Estoicos, porque ellos mantienen que nada es bueno salvo ese vago fantasma que denominan Valor Moral, un título más espléndido que substancial; y digamos que la Virtud que yace en este Valor Moral no necesita del placer, pues ella misma es su propia y suficiente felicidad.
Capítulo XVII. Los placeres y dolores de la mente se basan en los corporales, pero son más poderosos, toda vez que ellos cubren el pasado y el futuro
1/
"La doctrina, una vez así firmemente establecida, tiene corolarios que expondré brevemente:
[1] Los Fines de los Bienes y de los Males mismos, es decir, el placer y el dolor, no están expuestos al error; las personas se equivocan en cuanto a no saber qué cosas son generadoras de placer y cuáles de dolor. [2] Una vez más, afirmamos que los placeres y los dolores de la mente se generan a partir de los corporales (y por lo tanto yo estoy de acuerdo con su objeción de que cualquier Epicúreo que piense distinto se coloca a sí mismo fuera de consideración; y tengo claro que muchos lo hacen, pero no aquellos que pueden hablar con autoridad); aunque los hombres efectivamente experimenten molestos dolores mentales, afirmamos que estos se generan a partir de las sensaciones corporales. [3] No obstante, mantenemos que esto no excluye el que los dolores y placeres de la mente sean mucho más intensos que los del cuerpo, toda vez que el cuerpo solamente puede sentir lo que es actual a él al momento de ocurrir, mientras que la mente es también conocedora del pasado y del futuro. Concedemos que el dolor del cuerpo es de igual magnitud, pero nuestra sensación de dolor puede incrementarse enormemente por la creencia de que algún mal de ilimitada magnitud y duración amenace ocurrirnos de aquí en adelante. Y la misma consideración puede utilizarse con respecto al placer: un placer es más grande si no viene acompañado por ninguna aprehensión de maldad. Por lo tanto, claramente nos parece que el placer o la molestia de origen mental, particularmente cuando son intensos, contribuyen más a nuestra felicidad o miseria, respectivamente, que lo que lo hacen el placer o dolor corporal de igual duración. [4] Pero no estamos de acuerdo que cuando una sensación activa de placer nos es retirada se nos genere como resultado molestia, a menos que acontezca que el placer haya sido reemplazado por dolor; mientras que, por otro lado, uno está contento de perder un dolor aunque no se genere una activa sensación de placer en su reemplazo: un hecho que sirve para mostrar cuán grande placer es la mera ausencia de dolor. [5] Pero tal como nos estimula la anticipación de las cosas buenas, así nos deleitamos con el recuerdo de ellas. Los tontos se atormentan por el recuerdo de antiguos males; los hombres sabios tienen la capacidad deleitarse al renovar el recuerdo agradecido de las bendiciones del pasado. Tenemos el poder de borrar nuestras desventuras en un olvido casi perpetuo y también de recolectar nuestros recuerdos placenteros y agradables. Pero cuando fijamos fuertemente nuestra visión mental en los eventos del pasado, la tristeza o la alegría se presentan según sean éstos malos o buenos."
Capítulo XVI. y la Justicia
"Entonces, si la gloria de las Virtudes, sobre la cual todos los otros filósofos aman explayarse tan elocuentemente, no tiene en última instancia ningún otro significado que el de estar basado en el placer, en tanto que el placer es la única cosa intrínsecamente atractiva y fascinante, no se puede dudar que el placer es el Bien supremo y final, y que una vida de felicidad no es entonces nada más que una vida de placer".
Capítulo XV. la Valentía,...
Capítulo XIV. la Templanza,...
"El mismo principio nos llevará a expresar que la Templanza tampoco es deseable por sí misma, sino en razón de que nos regala con la paz de la mente, y que apacigua al corazón con un tranquilizante sentido de harmonía. Porque es ella, la Templanza, la que nos advierte que permitamos ser guiados por la razón sobre qué desear y qué evitar. Tampoco es suficiente juzgar lo que es correcto hacer o dejar de hacer; necesitamos también obrar de acuerdo con nuestro juicio. La mayoría de los hombres, sin embargo, carece de tenacidad para alcanzar un determinado propósito; su resolución se debilita y sucumbe tan pronto como la agradable forma de los placeres se encuentra con su contemplación, y se rinden prisioneros de sus pasiones, fallando en prever el inevitable resultado. Así, por satisfacer un placer que es tan pequeño como innecesario, uno que ellos podrían haberse procurado por otros medios, o incluso habérselo negado de plano sin dolor alguno, ellos incurren en serias enfermedades, pérdidas de fortuna, desgracias, y, no infrecuentemente, exponiéndose a las penalidades de la ley y de las cortes de justicia. Aquellos otros que han resuelto disfrutar sus placeres pero de manera tal que les permitan evitar todas las penosas consecuencias que ellos conlleven, y quienes retienen sus facultades de juicio y evitan ser seducidos por el placer en curso, que ellos perciben como malo, reciben como recompensa el más elevado de los placeres al renunciar al placer. De manera similar, ellos a menudo soportan voluntariamente el dolor para evitar incurrir en un dolor mayor. Esto claramente demuestra que la Destemplanza no es indeseable de por sí, ni la Templanza es deseable por su renuncia al placer, sino por procurar placeres mayores".
Capítulo XIII. Las Virtudes no son Fines en sí mismas, sino solamente medios para el Placer, por ejemplo, la Sabiduría,...
"Aquéllos que conciben al Bien Principal como virtud única están muy influenciados por el encanto de un nombre, sin entender las verdaderas demandas de la Naturaleza. Si ellos consintieran en escuchar a Epicuro, saldrían del más grueso de los errores. Vuestra escuela se expande ante la belleza trascendental de las virtudes; pero, ¿no fueron ellas improductivas en cuanto al placer?, ¿quién las consideraría encomiables o deseables? Nosotros estimamos al arte de la medicina no por su interés como ciencia sino por su conducencia hacia la salud; el arte de la navegación es ensalzado por su valor práctico y no por su valor científico, en razón de que conlleva las reglas de conducir un barco exitosamente. Así también acontece con la Sabiduría, que debe ser considerada como el arte de vivir; si ésta no tuviera efecto en resultados prácticos no sería deseada, pero como sí lo tiene, es deseada, porque es el artífice que procura y produce placer (a esta altura debe ser bastante claro para usted el significado que yo asigno al placer, y no debiera usted sentir tendenciosidad en contra de mi argumento, imputable sólo a las desacreditables asociaciones con el término). EL FACTOR MÁS PERTURBADOR EN LA VIDA DEL HOMBRE ES LA IGNORANCIA SOBRE LO BUENO Y LO MALO; las ideas equivocadas sobre este tema frecuentemente nos roban nuestros más grandes placeres, y nos atormentan con el más cruel de los dolores mentales. Es por ello que necesitamos de la Sabiduría, para liberarnos de nuestros dolores y apetitos, para remover de raíz todos nuestros errores y prejuicios, y para servirnos de guía infalible en la obtención del placer. La Sabiduría sola puede eliminar el sufrimiento de nuestros corazones y protegernos de la alarma y la aprehensión ante los malos presagios; póngase usted mismo bajo sus enseñanzas, y puede que usted viva en paz y extinga las ardientes llamas del deseo. Los deseos son incapaces de producir satisfacción; ellos arruinan no sólo a individuos sino a familias enteras, más aún, a menudo sacuden las bases mismas del Estado. Es que ellos son la fuente del odio, de la disputa y la refriega, de la sedición y de la guerra. No sólo hacen ostentación externa de sí mismos, también dirigen sus enceguecidos embates con exclusividad contra otro; aún cuando están aprisionados dentro del corazón ellos pelean y entran en desacuerdo entre ellos mismos; y esto no puede sino provocar que se amargue la vida entera. De allí que sólo el Hombre Sabio, quien arranca de cuajo todo crecimiento lujurioso de vanidad y error, puede posiblemente vivir liberado del sufrimiento y el temor, contento dentro de los límites establecidos por la Naturaleza.
Nada podría ser más útil o más conducente al bienestar que la doctrina de Epicuro referida a las diferentes clases de deseos. Él clasifica un primer tipo de ellos como naturales y necesarios, a un segundo como naturales pero no necesarios, y a un tercero como ni naturales ni necesarios; por principio esta clasificación establece que los deseos necesarios se satisfacen con poca molestia o gasto; respecto de los deseos naturales, también éstos requieren de poco, en razón de las propias riquezas de la Naturaleza, las que son suficientes para satisfacerles; ambos son fácilmente procurados y limitados en cantidad; pero, con respecto a los deseos imaginarios, no hay límite que se haya descubierto".
Capítulo XII. A través de casos extremos de felicidad y miseria se prueba que el Placer es el Bien Principal
"El placer y el dolor proveen, además, los motivos de deseo y de evitación, y el móvil de conducta general. Siendo esto así, resulta claro que las acciones son correctas y encomiables sólo como medio para alcanzar una vida de placer. Pero aquello que no es de por sí un medio para ninguna otra cosa, excepto para lo cual todas las otras cosas son un medio, es lo que los griegos llaman el telos, el Bien más elevado, esencial y último. Por lo tanto, se debe admitir que el Bien Principal es vivir felizmente".
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